Instructor Hominorum Sintesis
Hace algunos
años, durante una estancia en el centro “the living Rock” (la Roca viva,
símbolo del alma) en la Toscana (Italia) para animar el espíritu de unión en un
trabajo colectivo, espontáneamente había nacido la experiencia y la idea del
bautismo de fuego. Estábamos con algunas personas en una pequeña sala en el
piso de la casa principal del centro, llamado Shamballah (habitación de
Dieu-Allah). No me acuerdo precisamente, pero espontáneamente comenzamos a
hacer gestos para facilitar la bajada de la luz espiritual para que sea
más presente en nuestros cuerpos. Lo hacíamos juntos por turno cada vez alrededor del cuerpo de uno de nosotros. Se apreciaba cómo la
atmósfera se volvía más luminosa. Una paz profunda descendía sobre nosotros. Me
parece que había algunos amigos vascos con nosotros.
A partir de
este momento comprendí intuitivamente que sería una nueva forma de iniciación
espiritual. Pero no comprendía todavía el sentido completo y su forma. Pero a
menudo, cuando trabajamos en grupo, pienso en eso y estas palabras de Jesús me
vienen claramente al espíritu: “Porque
donde hay dos o tres reunidos en mi nombre allí estoy yo en medio de ellos”
(Mateo 18: 20).
Iba a
comprender mejor con el tiempo la profunda realidad que se encuentra detrás sus
palabras. Nuestras observaciones e investigaciones prácticas de armonización
con grupos nos permitían ver, a través de las energías que emanan de las
personas, que el espíritu de cada uno de nosotros esta encarnado de una manera e
intensidad diferentes. Eso se vuelve aún más sorprendente cuando se reconoce un
espíritu más allá de la muerte en una encarnación de cuerpo y contexto
diferentes. Últimamente, pudimos constatar de visu cómo cambia la luz del aura
por un trabajo donde se descienden las manos en torno al cuerpo de alguien desde
arriba de la cabeza descendiendo. Mientras que la persona rodeada intenta
seguir observando conscientemente lo que pasa. La diferencia de la presencia de
su espíritu era notable.

Estas
diferencias nos revelaron también el maravilloso sentido de la justicia divina
en cuanto a su manifestación en la vida concreta como expresión del potencial
divino del espíritu inmortal de cada uno nosotros. En efecto, a partir de
nuestras concepciones, nuestros espíritus se enfrentan con condiciones de vida
de toda clase que deben estimularnos a enterarnos de lo que son relaciones
justas y armoniosas. Aprendemos pues a través de los condicionamientos que nos
limitan a nivel humano de nuestra personalidad. Con todo, nuestros espíritus no
tienen estos límites que nuestras personalidades conciben de la realidad en las
cuales se personifican, pero se les tiene que tener en cuenta con las
experiencias vividas y sus consecuencias en las esferas de las manifestaciones
más densas de la materia para poder liberarse. Es eso el trabajo específico del
despertar de nuestra conciencia y de nuestro libre albedrio. Sin eso nuestra
naturaleza divina sería un señuelo.
Aquí también
lo que al parecer es una gran desventaja para la formación del espíritu de
unión y la convergencia de la conciencia de la humanidad. Decimos “al parecer”
porque sin las apariencias de los límites de las formas materiales no podríamos
ver lo ilimitado, ni comprenderlo. Realmente, si nuestros espíritus son libres,
eso no quiere decir que podemos expresarnos libremente por encima de las
realidades materiales, aunque se nos da la libertad de expresión. Cada uno de nosotros
tiene un horizonte de visión limitada debido a nuestros condicionamientos
físicos, emocionales, mentales, espirituales y religiosos. Sí, incluso a nivel
espiritual y religioso, nuestras visiones y comprensiones son condicionadas por
los límites de la focalización de nuestros espíritus en personalidades encarnadas
que nos llevan hacia conciencias divididas, además de condicionadas por el peso
ciego de la masa en la cual evolucionamos en cuanto a las realidades
espirituales. Pero es justo debido a estos límites y peso que el sentido del
Uno dentro de nosotros puede despertarse y crear el deseo de sobrepasarlos. Al
superar estos límites nuestros deseos se transforman en lo que ocultaban aparentemente:
la realidad del Espíritu UNO del todo con su energía universal de amor en todo,
por todo y con todo, el amor incondicional que revela una sabiduría infinita.
Nuestros deseos se vuelven amor.
Se nos ha
hecho cada vez más claro a través de las investigaciones sobre nuestras
energías sutiles que el grado de presencia de nuestro espíritu, la intensidad
de su luz y nuestra conciencia están vinculados íntimamente con todo, más o menos
disociados por las condiciones específicas de nuestras encarnaciones.
He aquí la
importancia del trabajo con la luz o el fuego del espíritu. Si ya la luz solar
es importante para nuestro estado de ánimo, crear un ambiente luminoso de
armonía espiritual es tanto más importante para la convergencia de nuestras
conciencias, lo que se reveló muchas veces a través de nuestras experiencias de
convivencia como entre otras cada año en Jaraba.
En efecto, las
experiencias anuales en el balneario de la Virgen a Jaraba despertaron progresivamente
la comprensión y la realización del espíritu colectivo de unión. Cada año la
luz de la unión se ha intensificado sensiblemente, aunque no se lo percibía
físicamente hasta este año. La “buena voluntad”, la “buena intención” y “la tensión hacia la unión
armoniosa mantenida” de cada participante, respetando al otro, expresando
perdón y compasión sin juzgar, por fin, conviviendo en amor sin poner
condiciones, crearon un acuerdo de armonía tan fuerte que nos sentimos llevados
más allá de las condiciones del espacio y del tiempo que nos limitan
normalmente. Eso dio de repente el impulso de trabajar juntos con la luz, lo
que pasó a convertirse en lo que llamamos el bautismo del fuego.
Nos parece
indicado aclarar aquí la diferencia entre el sentido del bautismo de agua y el
bautismo de fuego. Si ambos hacen referencia al espíritu colectivo, el primero
es más bien recibir una marca de reconocimiento de entrada preparatoria a la bajada
del Espíritu Único de Unión, mientras que el segundo es de verdad la apertura interactiva en
el dinamismo de la luz de este Espíritu de Unión en acción.
El bautismo del agua que se hace fluir sobre
nosotros “nos señala que formamos parte de un conjunto donde todos van en la
misma dirección”, como un río. Aunque no tengamos aún la conciencia de eso
debido a nuestra joven edad, es un hecho innegable.
El bautismo
del agua no pide una conciencia elevada. Corresponde a nuestra necesidad de ser
reconocido en el grupo familiar donde vivimos como un niño espiritual y divino en
fin que el mundo espiritual, del que todos formamos parte, pueda descender especialmente
dentro de nosotros.
Es lo que
Jesús quiso mostrar, antes de empezar su misión, con su bajada en el Jordán
(palabra hebrea que quiere decir: descender) cuando la voz del cielo que decía:
“Este es mi hijo” (Marcos 1, 7-11). El bautismo del agua es pues una
purificación en primer lugar del impacto de la oscuridad que nos rodea, causado
por la inconsciencia y la ignorancia sobre nuestra verdadera naturaleza. El
agua es vital (hasta 75% de nuestro cuerpo) y nos conecta de nuevo con las
fuentes de nuestra vida espiritual. La purificación prepara la apertura de la puerta de
nuestro cuerpo hacia la bajada más intensa de la luz de nuestro espíritu y
finalmente de la luz del Único Espíritu de la que forma parte.
Por este acto
de reconocimiento por y en el grupo de nuestro entorno familiar, recibimos los
atributos para facilitar la bajada de esta luz de nuestros espíritus en nuestras condiciones
de vida específicas. Se nos bautiza entonces a profetas (o visionarios y enseñadores del plan divino), sacerdotes (o servidores de este plan) y reyes (o animadores, mediadores y
cocreadores o salvadores de este plan), independientemente seamos hombre o
mujer.
El bautismo del fuego en la luz espiritual. Ya supone que estamos
integrados en un conjunto espiritual y que hemos obtenido una determinada visión
de unión de nuestras relaciones en el conjunto. Ya supone que hemos salido del
ambiente familiar de nuestra infancia divina con su protección y reglas fijas y
que hayamos abierto nuestros horizontes familiares a la dimensión planetaria e
incluso más allá.
La visión del corazón es necesaria para facilitar
una conexión más concreta con nuestras
fuentes espirituales y divinas de vida. Eso
supone, como en el ejército, de haber hecho la confrontación (combate) con el
mundo de la oscuridad que nos rodea para haber remplazada el automatismo del
sistema de lucha en nuestra vida por el amor, el perdón y la compasión. Se
sigue con la comprensión de que los combates y los conflictos no son los
mejores medios para desarrollar el espíritu de unión espiritual. El combate
divide, separa y somete, que es lo contrario
de unión.
El bautismo de
fuego supone un trabajo de armonización
colectiva. Necesita un acuerdo de relaciones espirituales para crear un centro de animación colectiva (egregor) o alma colectiva, capaz de poner en marcha la incandescencia
de la luz del espíritu colectivo en cual todos comparten. La aproximación
de cada uno en el espíritu de unión facilita la bajada del Espíritu el cual
todos comparten. Es este compartir el que ayuda al espíritu individual superar a los
límites que se imponen a su cuerpo encarnado y personificado.
En efecto, las
experiencias espirituales de un individuo no son las mismas que las experiencias
de un espíritu más elevado que opera al nivel de la unidad espiritual de
individuos. Se trata de una graduación de la conciencia sobre la escala de la
trascendencia de la Única Omniconsciencia Divina. La subida de nuestra conciencia
sobre esta escala desnuda nuestra personalidad progresivamente de sus límites
humanos para convertirse en universal e impersonal o más bien en transpersonal en
sus características.
El trabajo
individual es necesario para crear una actitud positiva de confianza, de comprensión
espiritual. Hace falta crear también la tensión permanente de la voluntad de ir
más allá de nuestros límites humanos para poder entrar en el espíritu colectivo.
Es con todo solamente el trabajo colectivo o en grupo lo que inicia en las
realidades de las visiones espirituales superiores. Estas visiones se forman
por medio del trabajo y la ciencia de síntesis, la comprensión de la redistribución
de las fuerzas creadas y manifestadas, la realización del plan del desarrollo de
la perfección de la naturaleza divina del ser humano por el amor incondicional
y la realización de su unión con todos los niveles de la creación.
En concreto el trabajo colectivo consiste en crear las condiciones de
unión por el compartir, el convivir, el colaborar y el comunicar. Debe crear
condiciones de interactividad intensa más allá de las barreras de las
condiciones traumatizantes de la vida común, conduciendo hacia la simbiosis en
relaciones justas y hacia la sinagogía, la celebración de la vida. Es en este
momento que el alma del grupo se crea y causa la incandescencia de la luz de la
conciencia de unión que atrae y estimula la presencia más real y divina de las
dimensiones superiores de cada espíritu individual.
En efecto, el alma colectiva facilita la conexión del individuo con las
realidades superiores de su propia alma y espíritu y, sobre ellos, con el
Principio de la Fuente Única de toda forma y nivel de vida. Solos no podemos
mucho, pero juntos podemos alcanzar más fácilmente la realidad y el potencial
infinito del Uno Divino. Esto se muestra
cada vez más claramente en este mundo dividido por el poder transitorio
individual.
No olvidemos
que ya entonces Jesús eligió a 12 apóstoles. No eran solo enviados sino también mediadores de los diferentes arquetipos de la
conciencia cósmica. Reflejaban sus características como espejos para ayudarle en su misión.
Mostraba que también Dios no se posiciona solo, separado de su creación, para realizar
sus planes.
Desde el
momento que el espíritu de unión está animado se puede practicar un nuevo rito iniciático que consiste en
hacer descender la luz o fuego del espíritu de cada uno en su aura o cuerpos
sutiles. En realidad se trata de activar la luz del cuerpo glorioso, el
vestido blanco, que hace vivir los distintos niveles energéticos de nuestro
cuerpo personificado por su unión. Forma nuestra matriz arquetípica que acompaña cada una de nuestras encarnaciones.
Transmite, según las llamadas de las circunstancias y la evolución de nuestra
conciencia, la memoria e imágenes de
nuestras experiencias, incluso nuestras formas físicas o más sutiles
experimentadas que a veces se pueden manifestar claramente. Es la base de nuestras
transmutaciones físicas, transformaciones energéticas y transfiguraciones
espirituales.
Nuestro cuerpo
es la confirmación del principio: la fe (el espíritu) sin las obras (la
acción en la materia) está muerta (Santiago 2:26). Nuestro pericardio es el
reflejo de nuestro cuerpo de gloria. Une y armoniza con sus ligamentos nuestro
corazón con los diferentes movimientos vitales de nuestros cuerpos.
El rito del
bautismo de fuego consiste pues en la acción de hacer descender la luz del espíritu en el cuerpo y especialmente en el
corazón vía la cabeza. Supone pues un acto de conciencia. Aunque no sea
indispensable, eso puede hacerse con ayuda de la proyección de luz sobre una
persona.
La proyección
de la luz, como la del sol, tiene un impacto liberatorio en nuestros cuerpos
sutiles. En efecto, la subida de nuestra vibración energética facilita la
bajada de nuestro espíritu quién vive sobre un nivel vibratorio luminoso más
elevado que el de nuestro cuerpo. Con todo, la parte fundamental del rito es la
bajada del espíritu y su conexión con las dimensiones de su unidad para que
sean más presentes.
El rito consiste
en un gesto consciente, muy simple. Alguien
pasara con sus manos bajando desde arriba de la
cabeza (centro alto mayor de luz del alma y del espíritu) a lo largo del cuerpo de una persona mientras que los otros
forman un círculo alrededor visualizando la bajada. Pero se puede hacer también
el gesto colectivamente, como en una ronda en torno a una persona. Se puede
también pasar en movimiento de círculo, cambiando de persona por turno.
También se
puede hacer el movimiento cada uno por sí mismo cuando estamos sentados en una
sala.
Todo depende
de las circunstancias y de la sensibilidad de las personas presentes. Queda
claro que el efecto no depende tanto del número de las personas presentes como
de su espíritu de unión y de su poder de visualización. Es evidente también que
ya dos personas bastan para el rito, pero que el verdadero sentido del rito
pide que sea un grupo de varias personas. No nos parece indicado dar normas sino
dejar a las circunstancias alimentar la inspiración del momento.
El ritual del
bautismo del agua es un marcado único. No se repite pero “se confirma después”
para expresar conscientemente su consentimiento a la pertenencia de la
colectividad. Una vez marcado, no necesita repetición.
El ritual del
bautismo de fuego no es un marcado. Es un
acontecimiento de crecimiento en la presencia de nuestra verdadera naturaleza
espiritual y su unión. El crecimiento es evolutivo y no definitivo. Es
continuo y conoce cumbres y partes bajas según las circunstancias de la vida,
las pruebas que pasamos y el trabajo de liberación espiritual que tengamos que
hacer. Sin trivializarse, puede repetirse, también a nivel individual, cada mañana
haciendo el mudra de la revelación que es elaborado espacialmente para
esto.
El ritual puede
formar parte de todo momento fuerte e intenso de un encuentro convivencial de
unión elaborada. Pide siempre que haya suficientes experiencias que conduzcan a
lo vivido como espíritu de unión y a un mínimo de su comprensión más allá de la
vida común. Pide siempre un mínimo de
trabajo preparatorio de nuestro cuerpo y de nuestro espíritu con el fin de liberarnos de los límites que condicionan las
relaciones de nuestra vida normal enfrente nosotros mismos, los otros y el
ambiente.
Es de verdad
necesario el ambiente que focaliza la armonía de la unión trabajando sobre la
sintonía, la sincronía, la sinergia y la sinopsis entre los participantes. Eso
puede tomar una serie de distintas formas como lo vivimos en Italia o Jaraba:
meditación, movimientos energéticos, (mudras, yoga, tai chi…) relajación,
intercambios, baladas, comidas, música (cantos), y especialmente la danza biodinámica. Integra
el corazón, el cuerpo y el espíritu en el sentido de la liberación del
desarrollo de la vida.
La danza
biodinámica es una verdadera desintoxicación de nuestras células. En forma de
movimientos naturales y simples, guiados sobre temas de liberación, nos parecen
especialmente indicados para preparar el bautismo de fuego. La expresión
corporal activa es un elemento importante para facilitar la vivacidad de la
presencia del espíritu, aunque no sea indispensable.
Sobre todo, el
bautismo de fuego encuentra su sentido en el hecho que es una iniciación colectiva en la vida del espíritu y la convergencia de
la conciencia colectiva. Es un acto
de reconocimiento de nuestra solidaridad en la vida y de su propósito común.
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