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La puerta de Shamballah (el corazón: la habitación de Dios)


Blog para promover un movimiento interactivo en el marco del trabajo de síntesis, presentado como Pangeosis.
El trabajo de síntesis se concibe para liberar la conciencia
colectiva. Se basa en el conocimiento y el control de la energía universal.
Se refiere a cada ser humano y a su responsabilidad.
Recurre especialmente a los líderes: políticas, sociales, económicos, profesionales, científicos, educativos y sanitarios y espirituales y religiosos.

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2016 A la puerta de la Gran Transición

domingo, 2 de noviembre de 2014

Sobre el bautismo de luz o el fuego del Espíritu Uno.


Instructor Hominorum Sintesis  
Hace algunos años, durante una estancia en el centro “the living Rock” (la Roca viva, símbolo del alma) en la Toscana (Italia) para animar el espíritu de unión en un trabajo colectivo, espontáneamente había nacido la experiencia y la idea del bautismo de fuego. Estábamos con algunas personas en una pequeña sala en el piso de la casa principal del centro, llamado Shamballah (habitación de Dieu-Allah). No me acuerdo precisamente, pero espontáneamente comenzamos a hacer gestos para facilitar la bajada de la luz espiritual para que sea más presente en nuestros cuerpos. Lo hacíamos juntos por turno cada vez alrededor del cuerpo de  uno de nosotros. Se apreciaba cómo la atmósfera se volvía más luminosa. Una paz profunda descendía sobre nosotros. Me parece que había algunos amigos vascos con nosotros.
A partir de este momento comprendí intuitivamente que sería una nueva forma de iniciación espiritual. Pero no comprendía todavía el sentido completo y su forma. Pero a menudo, cuando trabajamos en grupo, pienso en eso y estas palabras de Jesús me vienen claramente al espíritu: “Porque donde hay dos o tres reunidos en mi nombre allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18: 20).
Iba a comprender mejor con el tiempo la profunda realidad que se encuentra detrás sus palabras. Nuestras observaciones e investigaciones prácticas de armonización con grupos nos permitían ver, a través de las energías que emanan de las personas, que el espíritu de cada uno de nosotros esta encarnado de una manera e intensidad diferentes. Eso se vuelve aún más sorprendente cuando se reconoce un espíritu más allá de la muerte en una encarnación de cuerpo y contexto diferentes. Últimamente, pudimos constatar de visu cómo cambia la luz del aura por un trabajo donde se descienden las manos en torno al cuerpo de alguien desde arriba de la cabeza descendiendo. Mientras que la persona rodeada intenta seguir observando conscientemente lo que pasa. La diferencia de la presencia de su espíritu era notable. 
Estas diferencias nos revelaron también el maravilloso sentido de la justicia divina en cuanto a su manifestación en la vida concreta como expresión del potencial divino del espíritu inmortal de cada uno nosotros. En efecto, a partir de nuestras concepciones, nuestros espíritus se enfrentan con condiciones de vida de toda clase que deben estimularnos a enterarnos de lo que son relaciones justas y armoniosas. Aprendemos pues a través de los condicionamientos que nos limitan a nivel humano de nuestra personalidad. Con todo, nuestros espíritus no tienen estos límites que nuestras personalidades conciben de la realidad en las cuales se personifican, pero se les tiene que tener en cuenta con las experiencias vividas y sus consecuencias en las esferas de las manifestaciones más densas de la materia para poder liberarse. Es eso el trabajo específico del despertar de nuestra conciencia y de nuestro libre albedrio. Sin eso nuestra naturaleza divina sería un señuelo. 
Aquí también lo que al parecer es una gran desventaja para la formación del espíritu de unión y la convergencia de la conciencia de la humanidad. Decimos “al parecer” porque sin las apariencias de los límites de las formas materiales no podríamos ver lo ilimitado, ni comprenderlo. Realmente, si nuestros espíritus son libres, eso no quiere decir que podemos expresarnos libremente por encima de las realidades materiales, aunque se nos da la libertad de expresión. Cada uno de nosotros tiene un horizonte de visión limitada debido a nuestros condicionamientos físicos, emocionales, mentales, espirituales y religiosos. Sí, incluso a nivel espiritual y religioso, nuestras visiones y comprensiones son condicionadas por los límites de la focalización de nuestros espíritus en personalidades encarnadas que nos llevan hacia conciencias divididas, además de condicionadas por el peso ciego de la masa en la cual evolucionamos en cuanto a las realidades espirituales. Pero es justo debido a estos límites y peso que el sentido del Uno dentro de nosotros puede despertarse y crear el deseo de sobrepasarlos. Al superar estos límites nuestros deseos se transforman en lo que ocultaban aparentemente: la realidad del Espíritu UNO del todo con su energía universal de amor en todo, por todo y con todo, el amor incondicional que revela una sabiduría infinita. Nuestros deseos se vuelven amor.
Se nos ha hecho cada vez más claro a través de las investigaciones sobre nuestras energías sutiles que el grado de presencia de nuestro espíritu, la intensidad de su luz y nuestra conciencia están vinculados íntimamente con todo, más o menos disociados por las condiciones específicas de nuestras encarnaciones.
He aquí la importancia del trabajo con la luz o el fuego del espíritu. Si ya la luz solar es importante para nuestro estado de ánimo, crear un ambiente luminoso de armonía espiritual es tanto más importante para la convergencia de nuestras conciencias, lo que se reveló muchas veces a través de nuestras experiencias de convivencia como entre otras cada año en Jaraba.
En efecto, las experiencias anuales en el balneario de la Virgen a Jaraba despertaron progresivamente la comprensión y la realización del espíritu colectivo de unión. Cada año la luz de la unión se ha intensificado sensiblemente, aunque no se lo percibía físicamente hasta este año. La “buena voluntad”, la “buena intención” y “la tensión hacia la unión armoniosa mantenida” de cada participante, respetando al otro, expresando perdón y compasión sin juzgar, por fin, conviviendo en amor sin poner condiciones, crearon un acuerdo de armonía tan fuerte que nos sentimos llevados más allá de las condiciones del espacio y del tiempo que nos limitan normalmente. Eso dio de repente el impulso de trabajar juntos con la luz, lo que pasó a convertirse en lo que llamamos el bautismo del fuego.
Nos parece indicado aclarar aquí la diferencia entre el sentido del bautismo de agua y el bautismo de fuego. Si ambos hacen referencia al espíritu colectivo, el primero es más bien recibir una marca de reconocimiento de entrada preparatoria a la bajada del Espíritu Único de Unión, mientras que el segundo es de verdad la apertura interactiva en el dinamismo de la luz de este Espíritu de Unión en acción.
El bautismo del agua que se hace fluir sobre nosotros “nos señala que formamos parte de un conjunto donde todos van en la misma dirección”, como un río. Aunque no tengamos aún la conciencia de eso debido a nuestra joven edad, es un hecho innegable.
El bautismo del agua no pide una conciencia elevada. Corresponde a nuestra necesidad de ser reconocido en el grupo familiar donde vivimos como un niño espiritual y divino en fin que el mundo espiritual, del que todos formamos parte, pueda descender especialmente dentro de nosotros.
Es lo que Jesús quiso mostrar, antes de empezar su misión, con su bajada en el Jordán (palabra hebrea que quiere decir: descender) cuando la voz del cielo que decía: “Este es mi hijo” (Marcos 1, 7-11). El bautismo del agua es pues una purificación en primer lugar del impacto de la oscuridad que nos rodea, causado por la inconsciencia y la ignorancia sobre nuestra verdadera naturaleza. El agua es vital (hasta 75% de nuestro cuerpo) y nos conecta de nuevo con las fuentes de nuestra vida espiritual. La purificación prepara la apertura de la puerta de nuestro cuerpo hacia la bajada más intensa de la luz de nuestro espíritu y finalmente de la luz del Único Espíritu de la que forma parte.
Por este acto de reconocimiento por y en el grupo de nuestro entorno familiar, recibimos los atributos para facilitar la bajada de esta  luz de nuestros espíritus en nuestras condiciones de vida específicas. Se nos bautiza entonces a profetas (o visionarios y enseñadores del plan divino), sacerdotes (o servidores de este plan) y reyes (o animadores, mediadores y cocreadores o salvadores de este plan), independientemente seamos hombre o mujer.
El bautismo del fuego en la luz espiritual. Ya supone que estamos integrados en un conjunto espiritual y que hemos obtenido una determinada visión de unión de nuestras relaciones en el conjunto. Ya supone que hemos salido del ambiente familiar de nuestra infancia divina con su protección y reglas fijas y que hayamos abierto nuestros horizontes familiares a la dimensión planetaria e incluso más allá.
La visión del corazón es necesaria para facilitar una conexión más concreta con nuestras  fuentes espirituales y divinas de vida. Eso supone, como en el ejército, de haber hecho la confrontación (combate) con el mundo de la oscuridad que nos rodea para haber remplazada el automatismo del sistema de lucha en nuestra vida por el amor, el perdón y la compasión. Se sigue con la comprensión de que los combates y los conflictos no son los mejores medios para desarrollar el espíritu de unión espiritual. El combate divide, separa y somete, que es lo  contrario de unión.
El bautismo de fuego supone un trabajo de armonización colectiva. Necesita un acuerdo de relaciones espirituales para crear un centro de animación colectiva (egregor) o alma colectiva, capaz de poner en marcha la incandescencia de la luz del espíritu colectivo en cual todos comparten. La aproximación de cada uno en el espíritu de unión facilita la bajada del Espíritu el cual todos comparten. Es este compartir el  que ayuda al espíritu individual superar a los límites que se imponen a su cuerpo encarnado y personificado.
En efecto, las experiencias espirituales de un individuo no son las mismas que las experiencias de un espíritu más elevado que opera al nivel de la unidad espiritual de individuos. Se trata de una graduación de la conciencia sobre la escala de la trascendencia de la Única Omniconsciencia Divina. La subida de nuestra conciencia sobre esta escala desnuda nuestra personalidad progresivamente de sus límites humanos para convertirse en universal e impersonal o más bien en transpersonal en sus características.
El trabajo individual es necesario para crear una actitud positiva de confianza, de comprensión espiritual. Hace falta crear también la tensión permanente de la voluntad de ir más allá de nuestros límites humanos para poder entrar en el espíritu colectivo. Es con todo solamente el trabajo colectivo o en grupo lo que inicia en las realidades de las visiones espirituales superiores. Estas visiones se forman por medio del trabajo y la ciencia de síntesis, la comprensión de la redistribución de las fuerzas creadas y manifestadas, la realización del plan del desarrollo de la perfección de la naturaleza divina del ser humano por el amor incondicional y la realización de su unión con todos los niveles de la creación.
En concreto el trabajo colectivo consiste en crear las condiciones de unión por el compartir, el convivir, el colaborar y el comunicar. Debe crear condiciones de interactividad intensa más allá de las barreras de las condiciones traumatizantes de la vida común, conduciendo hacia la simbiosis en relaciones justas y hacia la sinagogía, la celebración de la vida. Es en este momento que el alma del grupo se crea y causa la incandescencia de la luz de la conciencia de unión que atrae y estimula la presencia más real y divina de las dimensiones superiores de cada espíritu individual. 
En efecto, el alma colectiva facilita la conexión del individuo con las realidades superiores de su propia alma y espíritu y, sobre ellos, con el Principio de la Fuente Única de toda forma y nivel de vida. Solos no podemos mucho, pero juntos podemos alcanzar más fácilmente la realidad y el potencial infinito del Uno Divino.  Esto se muestra cada vez más claramente en este mundo dividido por el poder transitorio individual.
No olvidemos que ya entonces Jesús eligió a 12 apóstoles. No eran solo enviados sino también  mediadores de los diferentes arquetipos de la conciencia cósmica. Reflejaban sus características  como espejos para ayudarle en su misión. Mostraba que también Dios no se posiciona solo, separado de su creación, para realizar sus  planes.
Desde el momento que el espíritu de unión está animado se puede practicar un nuevo rito iniciático que consiste en hacer descender la luz o fuego del espíritu de cada uno en su aura o cuerpos sutiles. En realidad se trata de activar la luz del cuerpo glorioso, el vestido blanco, que hace vivir los distintos niveles energéticos de nuestro cuerpo personificado por su unión. Forma  nuestra matriz arquetípica que acompaña cada una de nuestras encarnaciones. Transmite, según las llamadas de las circunstancias y la evolución de nuestra conciencia,  la memoria e imágenes de nuestras experiencias, incluso nuestras formas físicas o más sutiles experimentadas que a veces se pueden manifestar claramente. Es la base de nuestras transmutaciones físicas, transformaciones energéticas y transfiguraciones espirituales.
Nuestro cuerpo es la confirmación del principio: la fe (el espíritu) sin las obras (la acción en la materia) está muerta (Santiago 2:26). Nuestro pericardio es el reflejo de nuestro cuerpo de gloria. Une y armoniza con sus ligamentos nuestro corazón con los diferentes movimientos vitales de nuestros cuerpos. 
El rito del bautismo de fuego consiste pues en la acción de hacer descender la luz del espíritu en el cuerpo y especialmente en el corazón vía la cabeza. Supone pues un acto de conciencia. Aunque no sea indispensable, eso puede hacerse con ayuda de la proyección de luz sobre una persona.
La proyección de la luz, como la del sol, tiene un impacto liberatorio en nuestros cuerpos sutiles. En efecto, la subida de nuestra vibración energética facilita la bajada de nuestro espíritu quién vive sobre un nivel vibratorio luminoso más elevado que el de nuestro cuerpo. Con todo, la parte fundamental del rito es la bajada del espíritu y su conexión con las dimensiones de su unidad para que sean más presentes.
El rito consiste en un gesto consciente, muy simple. Alguien pasara  con sus manos bajando desde arriba de la cabeza (centro alto mayor de luz del alma y del espíritu)  a lo largo del cuerpo de una persona mientras que los otros forman un círculo alrededor visualizando la bajada. Pero se puede hacer también el gesto colectivamente, como en una ronda en torno a una persona. Se puede también pasar en movimiento de círculo, cambiando de persona por turno.
También se puede hacer el movimiento cada uno por sí mismo cuando estamos sentados en una sala.
Todo depende de las circunstancias y de la sensibilidad de las personas presentes. Queda claro que el efecto no depende tanto del número de las personas presentes como de su espíritu de unión y de su poder de visualización. Es evidente también que ya dos personas bastan para el rito, pero que el verdadero sentido del rito pide que sea un grupo de varias personas. No nos parece indicado dar normas sino dejar a las circunstancias alimentar la inspiración del momento.
El ritual del bautismo del agua es un marcado único. No se repite pero “se confirma después” para expresar conscientemente su consentimiento a la pertenencia de la colectividad. Una vez marcado, no necesita repetición.
El ritual del bautismo de fuego no es un marcado. Es un acontecimiento de crecimiento en la presencia de nuestra verdadera naturaleza espiritual y su unión. El crecimiento es evolutivo y no definitivo. Es continuo y conoce cumbres y partes bajas según las circunstancias de la vida, las pruebas que pasamos y el trabajo de liberación espiritual que tengamos que hacer. Sin trivializarse, puede repetirse, también a nivel individual, cada mañana haciendo el mudra de la revelación que es elaborado espacialmente para esto.
El ritual puede formar parte de todo momento fuerte e intenso de un encuentro convivencial de unión elaborada. Pide siempre que haya suficientes experiencias que conduzcan a lo vivido como espíritu de unión y a un mínimo de su comprensión más allá de la vida común.  Pide siempre un mínimo de trabajo preparatorio de nuestro cuerpo y de nuestro espíritu con el fin de  liberarnos de los límites que condicionan las relaciones de nuestra vida normal enfrente nosotros mismos, los otros y el ambiente.
Es de verdad necesario el ambiente que focaliza la armonía de la unión trabajando sobre la sintonía, la sincronía, la sinergia y la sinopsis entre los participantes. Eso puede tomar una serie de distintas formas como lo vivimos en Italia o Jaraba: meditación, movimientos energéticos, (mudras, yoga, tai chi…) relajación, intercambios, baladas, comidas, música (cantos), y especialmente la danza biodinámica. Integra el corazón, el cuerpo y el espíritu en el sentido de la liberación del desarrollo de la vida.
La danza biodinámica es una verdadera desintoxicación de nuestras células. En forma de movimientos naturales y simples, guiados sobre temas de liberación, nos parecen especialmente indicados para preparar el bautismo de fuego. La expresión corporal activa es un elemento importante para facilitar la vivacidad de la presencia del espíritu, aunque no sea indispensable.
Sobre todo, el bautismo de fuego encuentra su sentido en el hecho que es una iniciación colectiva en la vida del espíritu y la convergencia de la conciencia colectiva.  Es un acto de reconocimiento de nuestra solidaridad en la vida y de su  propósito común.

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De la gracia nace la paz interna y externa

De la ira, productora de decepción, nace la angustia

De la paz, productora de satisfacción, nace la alegría y de esta su madre: nuestra asunción espiritual

La depresión confunde la memoria, destruyendo la razón

La asunción espiritual aclara nuestra memoria por encima de la muerte, instruyéndonos en la síntesis de todos los talentos en el Principio de unión de nuestro Padre Divino: la extra-lucidez del oír, del sentir, del ver, del elegir y del discernir. Son las bases de la creación y de nuestra creatividad.

Unen nuestras pequeñas mentes con el entendimiento del amor inmenso que anima nuestro corazón con la luz del Espíritu-Madre de toda la sabiduría del Padre. Manteniendo está luz focalizada, nuestra alma se eleva hacia el Principio Padre-Madre Creador para despertarnos en la Luz de Cristo-Buda, que hace de nosotros hijos e hijas, manifestaciones de experiencias vivas de esta esta triple unión divina como, hermanos y hermanos divinos.

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